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Pensamientos

por Juan María Mónaco Cagni

A veces ocurre algo que trasciende la propia autoconciencia de la película y de sus procedimientos. Algo que excede la disciplina formal. Algo sucede: en el rito de la proyección adquiere una autonomía propia, se manifiesta como una fuerza involuntaria. Algo que no puede atribuirse ni al ingenio del cineasta ni al discernimiento del espectador.

Hay películas que producen la sensación de estar abriendo un mundo. Y ese mundo que se abre exige un pacto de fe: una confianza inicial, una entrega por parte del cuerpo inmóvil en la sala. Creer; rendirse a lo que aparece.

Me parece que el tipo de recepción que hace posible la proyección cinematográfica posee una dimensión mítica, porque dispone la psique en una actitud arcaica, fundada en la entrega absoluta al mundo que adviene. ¿Es esto lo que llamamos Relato? No necesariamente un argumento, no necesariamente una historia, sino algo de raíces mucho más antiguas: la intuición de que el mundo y sus elementos hablan, se expresan, nos hablan.

Algo habita las cosas.

Un mundo vivo, donde todo se teje en una escucha recíproca. No la separación moderna, no la distancia de quien discierne, sino la entrega ingenua de quien ama.

La cámara revela una vida secreta de las cosas. Esa capacidad oracular de la cámara es acercada a la comunidad, medida y contenida por el montaje. El film editado vuelve posible integrar esa potencia oracular en el seno de una experiencia compartida.

La transparencia cegadora del plano es oscurecida, filtrada, insertada en el contexto de una tradición que protege a ese ojo no humano para permitirle revelar algo fértil para la vida humana.

El cineasta planifica, elabora formas de proceder, ensaya aproximaciones. Pero ¿no es decisivo el momento en que acata la orden del mundo y abandona el control? Más que un autor, el cineasta interviene como un servidor, como alguien convocado por el espíritu de la película que lo llama para nacer. El cineasta es un siervo.

¿No reside lo esencial de su trabajo, de su sensibilidad, en saber hasta dónde? El punto preciso donde abandonar la cámara, dejar de moverla, dejar de encuadrar, dejar de cortar: el instante exacto en que las cosas se revelan expresivas por una fuerza intrínseca a ellas mismas.

Lo que la vida guarda, ahora el cine lo revela en la experiencia de reunión de la sala oscura.

¿Por qué nos encontramos en una sala de cine? ¿Qué buscamos secretamente?

El cine: un invento que protege una disposición anticuada, la posibilidad de hacer silencio.

El sonido atraviesa la sala como una fuerza vibratoria e invisible que concede a la película su hálito vital. Es su respiración. La imposibilidad de separar la materia sonora en la sala oscura permite que esa vibración se autonomice con mayor rapidez del tamiz racional y técnico.

Actitud de entrega total; pacto de fe: condición primordial para que la película abra un mundo.

Las luces se apagan. Se abre un mundo, un sueño. Un tiempo sellado impone una duración a los fantasmas que se reflejan en el espacio. Otra vez: la imposibilidad de control para el cuerpo en la sala.

La conexión con la experiencia onírica es ineludible.

Reunidos en la sala oscura, contenidos por la vibración sonora que atraviesa y transforma la atmósfera —atmósfera iluminada por elementos reconocibles, presencias determinadas por su ausencia corpórea—, uno se entrega al juego de lo ilusorio y de lo irreal. Se abren los poros de lo inconsciente, que empieza a penetrar las partículas del aire.

Dormirse y permanecer extático: dos caras de una misma moneda en la experiencia de la proyección.

Las imágenes espectrales se mezclan con zonas de la experiencia que ya no pertenecen a la vigilia. En ese momento, uno ya no está viendo una película. Uno respira al compás del jadeo de una criatura que se ha hecho presente en la sala oscura.

Lo verdadero y lo falso ya no pueden hacer nada aquí, porque hemos entrado en el reino de la magia. El velo del pensamiento está deshilachado. Pensamiento débil.

Si "Eso" ocurre, desaparece de pronto todo intento de comprender, incluso de identificar una gramática formal. Ningún esfuerzo por inteligir o hipotetizar acerca de "Eso" que viene y nos solicita, acerca de ese Ser que nos convoca a su reino. Pensamiento vago.

Los pensamientos se emancipan y dejan de pertenecernos. Ya no hay un centro que los ordene. Ahora el cuerpo está aquí. Aquí, y en ningún otro lugar.

La conciencia vuelve a su simplicidad primitiva: ya no hay conciencia de nada. No hay desarrollo consciente, sino más bien —o en todo caso— una regresión. El origen de la conciencia. Su nacimiento.

Por primera vez, como cada vez: apenas un abrir los ojos, una escucha atónita, un asombro. La conciencia del niño cuando juega. El mundo palpitante y vasto. Todo se presenta vivo, nuevo. La conciencia prístina.

Dejamos de hablar, de hablarnos, y durante un instante algo en nosotros ve, escucha. La mente dúctil, el cuerpo virgen.

De pronto, algo se conecta de manera imprevisible. Cuando la cadena de deducciones e inducciones ya estaba desarmada, sobreviene una asociación imposible. Un milagro.

Makes sense, se dice en inglés: más que tener sentido, el sentido se hace; acontece como un relámpago. La unión se revela.

La sala oscura es testigo de la fundación de un Aquí total. La criatura nos recibe. Ahora sí: el mundo habla en nombre propio, sin traductores.

Milagros como éstos pueblan ese invento que llamamos Cine.

¿Por qué nos reunimos en una sala oscura?